Inteligencia Colectiva

por una antropología del ciberespacio

Pierre Lévy

1. Los justos. Ética de la inteligencia colectiva

Génesis, capítulos dieciocho y diecinueve. Un gran grito sube hacia Sodoma y Gomorra, a causa de sus pecados colectivos. Dios decidió destruir estas ciudades por sus pecados, por lo que quiso hablar de ello primeramente a Abraham. Sea lo que fuere, delante de Dios sólo hay polvo y ceniza; el patriarca establece con el Eterno una extraordinaria sesión de mercadeo. "Si hay cincuenta justos en la ciudad, destruirás a Sodoma, harás perecer al justo con el malo?" Dios otorga a Abraham la salvación de la ciudad si se encuentran en ella cincuenta justos. Pero el patriarca se empecina y continúa negociando la salvación de la ciudad hasta cuarenta y cinco, luego a treinta, veinte y para finalizar a únicamente diez justos.

Al caer la noche, dos ángeles llegan a las puertas de Sodoma. Nada en su apariencia indica que son enviados de Dios. Para todos, son gente de paso, viajeros desconocidos. Lot, que estaba sentado a la entrada de la ciudad invita a su casa a estos extranjeros, les da de comer, los trata perfectamente según las reglas de la hospitalidad. No se habían todavía acostado cuando toda la gente de Sodoma se reúne alrededor de la casa de Lot y reclaman a los extranjeros para "conocerlos". Lot rechaza entregar a los huéspedes; propone incluso a sus hijas a cambio al gentío enfurecido. Pero no, el gentío no quiere oír nada. La prueba permitió contar el número de justos en Sodoma: sólo hay uno. Los ángeles organizan la huída de Lot y de su familia. En cuanto parten, la ciudad es destruida. A pesar de la prohibición de los ángeles, la mujer de Lot se vira hacia la lluvia de azufre y fuego que quema a Sodoma y a Gomorra. Ella se transforma inmediatamente en estatua de sal.

Vamos ahora a tratar de hacer una interpretación "laica" del relato bíblico de la destrucción de Sodoma y Gomorra. El texto mismo nos lleva a ello. Lo que pone en evidencia no es tanto, en efecto, un principio trascendente del bien y del mal, como el poderío de las personas vivas y activas, los "justos", capaces de mantener existiendo al mundo humano.

Si se considera a la mujer como la "mitad" de Lot, su destino ilustra la tentación del justo por retrasarse al juicio más que acoger al otro humano. En su mujer, Lot se identifica juez, o incluso al principio abstracto de la justicia, más que continuar siendo un justo vivo. La mujer de Lot se vira hacia el horno donde agonizan los habitantes de las ciudades y al hacerlo cosifica una práctica en valor trascendente. Los justos hacen vivir, los jueces se petrifican. En todo momento, el justo puede olvidarse y transformarse en estatua de sal, rígida como la justicia.

Hay que suponer que el trueque entre Dios y Abraham tiene lugar todo el tiempo y por todas las ciudades. Si el mundo humano subsistió hasta hoy es porque siempre ha habido suficientes justos. Porque las prácticas de acogida, ayuda, apertura, cuidado, reconocimiento y construcción son finalmente más numerosas o más fuertes que las prácticas de exclusión, indiferencia, negligencia, resentimiento y destrucción. Si los padres no amaran a sus hijos, si la gente pasara su tiempo celándose, abusando unos de otros, matándose mutuamente, entonces la especie humana simplemente no hubiera sobrevivido. En realidad, la lluvia de azufre y de fuego que quema a Sodoma y Gomorra no cae del cielo, sube de las ciudades mismas: son las llamas de la discordia, la guerra y violencia a la que se libran los habitantes. Pero todas las ciudades no fueron destruidas y nuestra presencia en la tierra prueba que hasta ahora, y globalmente, la "cantidad de bien" ha sido superior a la "cantidad de mal". Tal evaluación no trata en lo absoluto de justificar los sufrimientos y la degradación de la humanidad por el "bien" finalmente obtenido. Ella quiere simplemente equilibrar la propaganda hecha al mal por la consideración de un hecho, de un resultado bruto: estamos todavía presentes aquí. La megalópolis humana todavía no ha sido destruida.

En efecto, el mal está en todas partes y es siempre visible, mientras que el bien (la actividad de los justos) sólo se descubre por medio de una minuciosa encuesta realizada en el terreno (los ángeles van a visitar a Sodoma), o por sus efectos indirectos al final de un razonamiento riguroso. El texto bíblico es muy claro sobre este punto: Dios escucha el clamor, los gritos, las quejas que se lanzan contra Sodoma y Gomorra. Es advertido primeramente de injusticias. La crítica es la primera que hace oír su voz. Guerras civiles, asesinatos, dictaduras, desgracias de todo tipo hacen la sustancia de los noticieros televisivos, aparecen en primera página de los diarios. Dios está perfectamente informado de los males. Sin embargo, cuando Abraham comienza a negociar el número de justos que podrán salvar la ciudad, se comprueba que incluso Él no sabe si hay cincuenta, cuarenta y cinco, treinta, veinte, diez o menos. La ciencia de Dios (es decir, según nuestra interpretación laica, la de la humanidad) no va hasta allá. Mientras que los males son evidentes, la cantidad – y con mayor razón la identidad – de los justos es desconocida, hipotética. El mal es divulgado, pero los justos se esconden, discretos, anónimos, ignorados. Pero entonces, ¿cómo se reconocen a los justos? El texto ¿pone en escena un gran tribunal, un juicio final, un pesaje de almas en una última balanza? No, sino a emigrantes que van por el mundo y se presentan una noche, cubiertos del polvo del camino, en la entrada de la ciudad. Únicamente pueden ser reconocidos los justos al viajar por el país. No hay Justicia trascendente ni omnisciencia que permita la selección. Hay que seguir a los nómadas. Van al encuentro de los invisibles que sostienen al mundo. Ellos revelan a los justos que tejen en la sombra el vínculo social.

:¿Cuál es el crimen de Sodoma? El rechazo de la hospitalidad. En vez de acoger a los extranjeros, los sodomitas quieren abusar de ellos. Ahora bien, la hospitalidad representa excelentemente el mantenimiento del vínculo social, un vínculo social concebido según la forma de la reciprocidad: el huésped es indistintamente el que recibe o el que es recibido. Y cada uno puede ser extranjero a su vez. La hospitalidad mantiene la posibilidad de viajar, de encontrarse con el otro, en general. Por la hospitalidad, el que está separado, el que es diferente, extraño, se convierte en acogido, integrado, incluido en una comunidad. La hospitalidad es el acto de unir el individuo a un colectivo. Se opone en todos los aspectos al acto de exclusión. El justo incluye, él "inserta", remienda el tejido social. En una sociedad de justos, y según la forma de la reciprocidad, cada uno trabaja para incluir a los otros. En un mundo en el que todo se mueve, donde todos son llevados a cambiar, la hospitalidad, moral de los nómadas y de los emigrantes, se convierte en la moral por excelencia. Pero por el hecho de que trabaje en el tejido del colectivo nómada, no hay que concluir que el justo cultiva a toda costa la unidad, la uniformidad o la unanimidad. Por el contrario, Lot corre el riesgo de ser minoritario, lo más minoritario posible ya que defiende los extranjeros solo contra todos. Se sitúa así él mismo en posición de extranjero. El más incluyente puede convertirse en el más excluido. Integrando al extranjero, expulsado a su vez, haciendo atravesar a los otros y transgrediendo él mismo las fronteras, el justo es el pasador por excelencia.

¿Por qué Abraham no continúa más allá su mercadeo (nueve justos, siete, tres...)? ¿Por qué son necesarios al menos diez justos para que la ciudad sea perdonada? ¿Por qué Lot no logra salvar a Sodoma? Porque es necesaria una fuerza colectiva para apoyar a un colectivo. Tres serían tres personas conocidas, rápidamente célebres, de las cuales una acabaría tarde o temprano por destacarse. Pero, lejos de la representación y del espectáculo, el texto quiere mostrar que una ciudad no se funda en realidad ni sobre la relación de todos a uno, ni sobre la de uno a todos. El justo no tiene vocación ni para reinar, ni para servir de víctima emisaria. La ciudad sólo se apoya en la relación de un colectivo con un colectivo. Idealmente, vive de su apoyo en ella misma, del trabajo de inclusión de todos por todos. Entonces, diez comienzan a formar un verdadero colectivo. Diez es el comienzo del anonimato. Son necesarios al menos diez para que los justos puedan haber pasado la prueba de la sociedad de los justos. Deben ser capaces de vivir juntos, de soportarse, de socorrerse, de fortalecerse, de relanzar y de valorizar sus actos mutuamente. Los justos sólo llegan a ser eficaces, y a mantener la existencia de una comunidad constituyéndose en una inteligencia colectiva.

Hasta ahora, hemos visto por qué y cómo los justos lograban crear y hacer durar los colectivos humanos. Mostrando que la eficacia del justo es mantener las comunidades existiendo o retrasar su destrucción, el texto bíblico nos da una indicación capital sobre la naturaleza del bien en general. El bien llama a la existencia y valoriza las cualidades humanas. Son buenas las fuerzas de creación y de conservación de la vida social, en toda la variedad de sus manifestaciones. Si el justo impide la destrucción, es que el bien se encuentra al lado del ser, y más aún, al lado de la capacidad de ser: la fuerza; y quizás aún más, al lado del aumento de la fuerza, ya sea física, moral, intelectual, sensual u otra. Será, pues, estimado como bueno, todo lo que engrandece a los seres humanos, y primero en lo moral: orgullo, reconocimiento, comunicación, inteligencia colectiva. Los justos favorecen la fuerza. Simétricamente, serán juzgadas malas las fuerzas que disminuyen a los seres humanos y, en última instancia, las destruyen: la humillación, el descrédito, la separación, el aislamiento. Si la fuerza es buena, el poder sería malo, pues se mide por su capacidad de limitar la fuerza, por su potencial de destrucción. El poder da miedo. El poder hace mucho ruido, lo que impide al colectivo numeroso comunicar con él mismo. Únicamente se instaura y se mantiene empobreciendo alrededor de él las cualidades de ser. Los justos se apartan del poder.

Del lado del ser y de la fuerza, los justos contribuyen a la producción y al mantenimiento de todo lo que puebla el mundo humano. Gracias a ellos, aunque sus nombres no son jamás citados, las cosas avanzan verdaderamente y son efectivamente creadas y conservadas: madres poco pródigas de sus cuidados, escritores fantasmas, amas de casa, secretarias, obreros que hacen funcionar la fábrica a pesar de los planes de los ingenieros y todos aquellos y aquellas que reparan las máquinas, reconcilian a las parejas, rompen las cadenas de la maledicencia, sonríen, alaban, escuchan, hacen que vivamos en buena inteligencia. Ahora bien, Abraham es el justo por excelencia. No se contenta con hacer él mismo el bien, se esfuerza, además, por darle el mayor alcance posible a los actos cumplidos por los otros justos. Negociando con Dios que solamente diez justos podrán salvar a la ciudad, él valoriza y demultiplica al máximo el potencial del bien; él organiza la atención a la bondad de los demás. El mercadeo de Abraham con Dios es la primera tecnología de optimización de los efectos, de explotación máxima de las mínimas cualidades positivas yacentes en un colectivo humano. Abraham inventa la ingeniería del vínculo social.

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