Inteligencia Colectiva

por una antropología del ciberespacio

Pierre Lévy

Epílogo: viaje a cnosos

¿Es realista el proyecto de la inteligencia colectiva? ¿Se trata de una utopía imposible o bien se inscribe en un horizonte de lo factible? Antes de responder directamente a esta pregunta, nos es necesario esclarecer lo que se debe entender por factible, posible y real.

Los posibles abarcan los sistemas de hechos no contradictorios, que no se oponen a ninguna ley física, pero sin tener cuenta de las circunstancias presentes. El conjunto de los factibles es mucho más restringido que el de los posibles: sus opciones integran los recursos disponibles hic et nunc y respetan las limitaciones técnicas, económicas, sociales impuestas por la situación.

Las selecciones efectivas o las decisiones seleccionan hechos entre los factibles. La acción se encuentra en la interfaz entre lo factible y lo hecho. Membrana vibrante y permeable, filtro activo y sutil, la acción transforma los factibles en hechos, extiende el campo de lo efectivo y transforma a su vez el de lo realizable.

Pero un acto puede también repercutir en otra interfaz, con anterioridad al flujo ontológico: la que separa lo posible de lo factible. Son las condiciones técnicas, económicas y sociales las que separan lo simple posible de las limitaciones de la factibilidad. Llamaremos técnica, en el sentido más amplio del término, a todo acontecimiento que tendrá como efecto desplazar la frontera entre lo posible y lo factible. El proyecto de inteligencia colectiva valoriza la técnica, no por ciega fascinación, sino porque ella abre el campo de acción. Las competencias y dispositivos técnicos son preciosos por dos razones, primeramente como productos, cristalización y memoria de la actividad humana y después como instrumentos potenciales de aumento de las capacidades de conocer, de sentir, de actuar y de comunicar, como interfaz entre lo posible y lo factible. Desgraciadamente se pueden gastar, de manera que ello provoca globalmente una disminución de potencia y más exclusión que sociabilidad. Por esta vía se malgastan las cualidades humanas: las de los productores - porque se habrá puesto al servicio de la destrucción una inteligencia depositada en las cosas - y las de las víctimas. No explotar las técnicas disponibles es signo también de despilfarro: los inventores habrán trabajado en vano y los posibles beneficiarios habrán sido privados de un aumento de cualidades. Es, en definitiva, el grado de inteligencia colectiva actuando en una situación determinada, lo que condiciona el valor humano de las técnicas. Todo depende de la capacidad del colectivo para valorizar la potencia propia de las competencias prácticas y dispositivos materiales - ensanchar el campo de lo factible - en el sentido de un enriquecimiento global de lo humano.

Los actos pueden todavía, por medio de algunos de sus efectos, desplazar otro límite, otra interfaz, aquella que establece la partición entre lo imposible y lo posible. Se pudiera argüir que este límite no puede variar, que lo que es imposible siempre lo ha sido y siempre lo será -por definición- sino, no se trataría justamente de una verdadera imposibilidad. Evoquemos, sin embargo, a un astrónomo aristotélico y racionalista del medioevo. Para él, la luna y la tierra están en esferas de existencia absolutamente distintas. Él sabe de ciencia cierta que es imposible (incluso si se puede imaginar como fábula o cuento) para un hombre, para un cuerpo humano vivo y mortal, caminar por la luna. Sin embargo, para la ciencia galilea, los mundos lunares y sublunares ya no están separados por una radical diferencia de naturaleza. Un astrónomo newtoniano de la edad clásica sostendría que es posible que un hombre camine por la luna (incluso si no viera cómo esto pudiera ser factible). En el siglo veinte, la técnica ha convertido lo posible en factible, y la acción de la NASA lo factible en hecho. Pero el desplazamiento inicial, el de lo imposible en posible, fue un acto científico, que tenía que ver con la esfera de las representaciones válidas y de los sistemas de explicación. En la actualidad, sabemos que es imposible para un cuerpo físico sobrepasar la velocidad de la luz. Sabemos que, para un sistema formal bastante poderoso para amoldar la aritmética, no se puede demostrar a la vez su consistencia y su completud con los únicos recursos del sistema (teorema de Gödel). En lo referente a los teoremas de limitación y de las leyes físicas, la ciencia se acerca a lo imposible. En lo referente a la descripción y a la explicación del universo, la ciencia, que debemos tomar aquí en el sentido muy general de conocimiento establecido, ensancha lo posible en la medida en que desplaza el límite entre lo conocido y lo desconocido, y por el hecho de actualizar formas inauditas del devenir.

Es importante no confundir lo imposible y lo inimaginable. Creo sinceramente que es imposible sobrepasar la velocidad de trescientos mil kilómetros por segundo, sin embargo puedo redactar una novela de ciencia ficción en la que esta imposibilidad sería moneda corriente. Lo inimaginable es de otro orden que lo imposible. No puedo saber nada ni decir nada de lo que es para mí inimaginable. No puedo siquiera deslindar su límite. Yo sé solamente que este límite existe. Por ejemplo, el mundo contemporáneo, con sus automóviles, sus aviones, sus redes telefónicas, sus televisiones, sus ordenadores, su electricidad y sus centrales nucleares, con no solo el detalle de su ciencia y de su técnica, sino también con sus costumbres políticas y religiosas, con sus mentalidades es completamente inimaginable para un galo, o incluso para un hombre del siglo XVII. Es el equipamiento cultural en su conjunto lo que desplaza la interfaz entre lo imaginable y lo inimaginable. La cultura es concebida aquí como una caja de herramientas a disposición de nuestra potencia mental: la ciencia, la técnica, nuestro conocimiento de los hechos históricos y sociales, el idioma, las palabras y las imágenes disponibles, las ideas, los esquemas de pensamiento, los matices del espíritu, las herramientas intelectuales aportan cada uno su contribución. Entre este equipamiento, los instrumentos de observación, de simulación y de navegación en el conocimiento ensanchan singularmente el campo de lo imaginable y, en este sentido, contribuyen a mejorar nuestras selecciones.

En fin, el pensamiento mueve la interfaz entre lo imaginable y lo imaginado. El pensamiento, este productor de imágenes, de signos, de seres mentales, sin los cuales ninguna opción ni ninguna libertad sería posible. El pensamiento agranda el campo de lo imaginado y multiplica a la vez todos los otros espacios.

Imposible, posible, factible y hecho no se escalonan solo por grados según una escala ontológica lineal. Se organizan también según una interacción recíproca y transversal que dibuja una verdadera espiral autopoyética de la existencia. Inimaginable, imaginable e imaginado no constituyen únicamente los tres escalones de una escalera noética, sino que forman a su vez una espiral dinámica de la imaginación. Se representarán estas "espirales" como movimientos infinitos, interpretaciones cada vez más finas de los procesos en juego. En este esquema, la ciencia, la técnica, la acción, la cultura y el pensamiento no son actores substanciales y bien identificados, sino facetas de actos o de acontecimientos. ¿Qué es un acto? Lo que desplaza una de las cinco fronteras. Si un acto es enfocado como lo que traslada el límite entre posible e imposible, entonces él participa de la ciencia. Si es considerado como actuante en la interfaz entre posible y factible, participará de la técnica, etcétera. No se sabe jamás a priori si un acontecimiento tiene que ver con la ciencia, con la técnica, con la acción, con la cultura, con el pensamiento o con varias de estas interfaces: es necesario, primeramente, mirar los límites que él desplaza. Cada vez que una interfaz es modificada, las otras son afectadas. Las espirales de la imaginación y de la existencia se entreproducen y componen juntas la gran maquinaria que hace derivar al mundo humano. Una maquinaria en la que el crecimiento de los posibles, de los factibles, de los hechos, de la imaginación colectiva y de los pensamientos personales se reactivan sin parar, una maquinaria anónima y singular, una maquinaria flotante, sin infraestructura, sin último suelo causal, sin fundamento: la emergencia y la turbulencia misma de lo real humano.

Preguntar si el proyecto de la inteligencia colectiva es utópico o realista no tiene gran sentido: ha sido lanzado y no sabemos aún, dentro de la esfera de influencia general, qué límites él desplazará y hasta dónde. Su última finalidad es de poner, mientras se pueda, el gobierno de la gran maquinaria ontológica y noética entre las manos de la especie humana constituida en "hipercortex". Lo hemos visto, no se trataba en este libro de describir detalladamente una sociedad perfecta y sustraída al devenir. La inteligencia colectiva es una utopía de lo inestable y de lo múltiple. Ella responde a una ética de lo mejor más que a una moral del Bien. Estático, definitivo, fuera de contexto, el Bien se impone a priori, por encima de las situaciones, mientras que lo mejor (lo mejor posible) es situado, relativo, dinámico y provisorio. El Bien no varía, lo mejor difiere en todas partes. El Bien se opone al mal, lo excluye. Sin embargo, lo mejor comprende al mal ya que, por lógica equivalente al mal menor, se conforma con minimizarlo. ¿Proponer la utopía de la inteligencia colectiva es prorrogar el mito del progreso, de la avanzada hacia un porvenir siempre mejor? No, puesto que la idea del progreso lineal presupone un control total de su entorno por el colectivo. Ella hace sobre todo la hipótesis de la permanencia y de la uniformidad de los criterios de selección. De hecho, la noción de una progresión continua y monótona solo es una variante ligeramente perfeccionada de la moral del Bien. Coordinando sus inteligencias y sus imaginaciones, los miembros de los colectivos inteligentes hacen crecer a los mejores, ellos inventan un mejor siempre nuevo y variado. Lo mejor no cesa de desplazarse no solo porque las situaciones objetivas evolucionan, sino porque el conocimiento de las situaciones se acrisola o se enturbia (lo que constituye ipso facto un cambio de situación), porque los criterios de selección cambian en función de las transformaciones del entorno y de la evolución de los proyectos. Cada nueva selección es tomada en una vía original e imprevisible de aprendizaje colectivo y de invención de sí.

El proyecto de la inteligencia colectiva no remite la felicidad para más adelante. Lejos de toda idea de sacrificio, dicho proyecto incita cotidianamente, para cada situación particular, a aumentar los grados de libertad de los individuos y de los grupos, a disponer juegos en los que siempre se gana, a aunar, transversalmente, conocimientos y conocedores. La inteligencia colectiva no tiene enemigos. Ella no combate los poderes, ella los abandona. No persigue ninguna dominación, sino mil germinaciones. Tiende a hacer nacer la más grande variedad de existentes. La expansión de las capacidades de vida y de las cualidades de ser remite al criterio último - el más general, casi ontológico - de la selección de lo mejor: alejamiento de la destrucción, el tropismo hacia la existencia, una existencia que incluye no solo los hechos, sino todo lo que se dibuja con línea de puntos en lo imaginable, lo imaginado, lo posible y lo factible.

Con el proyecto de la inteligencia colectiva nosotros perseguimos la acción de emancipación de la filosofía de las luces. Y sin embargo, de nuevo no podemos más alentar la ficción de un progreso lineal, automático, garantizado. En este fin del siglo XX existe como un extraordinario desengaño en relación con la modernidad. Lo arcaico, lo bárbaro están presentes, prestos a surgir, aún más arcaicos y bárbaros que no lo habían sido jamás. Todo coexiste: la mundialización (que hace que en lo delante de toda guerra una guerra civil) con los fanatismos nacionales; las mafias triunfantes con los refinamientos de la bioética; el continente cultural transversal de la juventud urbana, sus insignias y músicas, con el trabajo de los niños; la hambruna con las megamáquinas mundiales de producción de sueños de las industrias de la diversión interactiva; las multinacionales de alta tecnología con la rareza del agua; el ciberespacio con el analfabetismo. El tiempo no es lineal, es múltiple, en espiral, en remolinos. Quizás no somos posmodernos, quizás no vivimos después sino antes de la historia, mientras que todas las duraciones están aún mezcladas, momento fabuloso, fuente de una historia por llegar que todavía no ha comenzado a fluir. Viviríamos en el "tiempo de los orígenes", en el Arca misma, en el interior del tiempo del mito, en la gran época de las metamorfosis y de los animales que hablan. Ritmos, espacios, identidades, posibles, son marcas en los dados de marfil agitados por el Tiempo. No por Cronos, el horrible dios que se come a sus hijos, el castrador de su padre, el Dios de la sucesión lineal, sino por aion, el tiempo de los tiempos, la eternidad, la inocencia. El Tiempo es un niño que juega a los dados. ¿Qué humanidad saldrá de él? Un mundo de guerra civil planetaria se erige bajo nuestros ojos, dominado por las redes del crimen y de las élites high tech, condenando a la mayoría de los humanos a una miseria sin esperanza. Con el proyecto de la inteligencia colectiva nosotros deseamos abrirnos otra vía.

 

De nuevo, ¿es eso posible? ¿Podemos escapar a la lucha por el poder, a las tentativas de dominación, a la guerra? ¿Polémos no es padre y rey de todo? Esta sentencia de Heráclito el griego, yo la rechazo, e interpongo una apelación delante del juez de los infiernos.

Varios siglos antes de alcanzar su pleno desarrollo, en la época clásica, la Grecia luminosa de las ciudades, el antiguo mundo helénico era dominado por la civilización micénica. En la Ilíada, es Agamenón, rey de Micenas, quien conduce la expedición aquea contra Troya. En la actualidad, cuando el viajero se encuentra delante de las ruinas de la antigua fortaleza despejada por los arqueólogos, descubre murallas de varios metros de espesor, hecha de enormes bloques, ciclópea. En esta civilización guerrera, todo el esfuerzo de los hombres, toda la acumulación material servía para separar el interior del exterior.

Muy diferente a la fortaleza micénica, e incluso anterior a ella, el palacio de Cnosos fue durante siete siglos el principal centro de irradiación de la civilización minoica. El palacio cretense está desprovisto de fortificaciones. La pacífica cultura minoica dirigió sus esfuerzos a la complejidad de la arquitectura, a la decoración de los salones, a la belleza e ingeniosidad del acondicionamiento interior (alcantarillas, red de agua potable, etcétera). Toda la energía empleada en Micenas en la masa de las murallas fue empleada en Cnosos en el refinamiento del modo de vida, para complicar el plano, para hacer proliferar todo un lujo de detalles arquitectónicos: escaleras, patios, columnas, estatuas, pisos, terrazas, antecámaras, grandes salones de ceremonias, pequeñas piezas secretas, cámaras de tesoros, recodos, resaltos, pasillos sin salida… El palacio de Cnosos es tremendamente complicado, pero abierto al cielo y al sol por medio de sus patios y sus tragaluces, da al mundo y a la ciudad por puertas y ventanas. Se conecta con los otros palacios de las grandes ciudades cretenses por calles adoquinadas. Los minoicos, que no vivían en una civilización polémica, que orientaban su espíritu hacia otros problemas ajenos a la defensa, al ataque, a la correlación de fuerzas y al dominio, al mismo tiempo que se abrían por medio de las artes y el comercio a las otras sociedades, plegaron y replegaron su mundo hacia sí mismo, haciendo irradiar la fabulosa riqueza estética que antecede y condiciona posiblemente el "milagro griego". Porque no levantaban murallas, los minoicos inventaron el laberinto, es decir, la complejidad cultural, la inteligencia colectiva proyectada al espacio arquitectónico.

¿Quién es, pues, el Minotauro? ¿Es la bestia espantosa que devoraba a los jóvenes atenienses en el fondo de su oscuro antro? Esta versión del Minotauro es la de los griegos. Pero los griegos polémicos, hijos de Micenas y lectores de la Ilíada no podían comprender a Cnosos, el enigma de una civilización irénica. El Minotauro, el hombre toro, no es otra cosa que el acróbata minoico que ejecuta sobre el toro sagrado peligrosos saltos rituales. El Minotauro, el híbrido hombre-toro, surge en el centro del laberinto, pero se trata del patio central del palacio de Cnosos. Se presenta al aire libre, ligero, gracioso, en el lugar soleado de un ancho pozo de luz.

Los minoicos no fueron vencidos en la guerra. Su cultura se vino abajo luego de una serie de catástrofes naturales y dispersiones que la llevaron lejos de la isla. No se encontró ningún cadáver en los escombros del palacio incendiado. Los griegos se vinieron a implantar en Creta solo después de la decadencia de su civilización original.

Teseo matando al Minotauro son los micénicos ocultando la civilización minoica, una civilización artista, técnica, pero sin armas y sin esclavitud. Los griegos polémicos ocultaron la Creta irenica. Bajo el conflicto, la paz. Los griegos escondieron a Minos, lo enterraron profundamente, en el lugar más bajo, ya que hicieron de él el juez de los infiernos. Y bajo el disfraz transparente de Zeus es efectivamente el Toro minoico quien porta a Europa.

El proyecto de la inteligencia colectiva presupone el abandono de la perspectiva del poder. Quiere abrir el vacío central, el pozo de claridad que permite el juego con la alteridad, la quimerización y la complejidad laberíntica. Ahora bien, el palacio de luz, laberinto blanco, huella arquitectónica de una alegría de vivir, de una belleza, de una ligereza soberana, se convierte, a los ojos de la polémica que solo se reconoce a ella misma en todas partes, en el laberinto negro, trampa mortal que abriga a un monstruo devorador de hombres. La leyenda del laberinto manifiesta la incapacidad de hallar la salida pacífica. Tanto en el lejano pasado cretense como en el horizonte del opaco futuro planetario, la cultura de la potencia y de la paz parece indescifrable. La escritura Lineal B, la escritura de los micénicos en Creta, fue decodificada. Pero todavía no se ha encontrado la clave de la Lineal A, grafía de los minoicos antes de la conquista micénica. El enigma de la paz está aun sellado. Descifremos, pues, la lineal A o, más bien, inventemos la ideografía dinámica, la escritura del porvenir, la sobrelengua de los colectivos inteligentes. En lugar de ampliar las fortalezas del poder, refinemos la arquitectura del ciberespacio, el último laberinto. En cada circuito integrado, en cada chip electrónico se ve y no se sabe leer la cifra secreta, el emblema complicado de la inteligencia colectiva, mensaje irénico disperso al viento.

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