Inteligencia Colectiva

por una antropología del ciberespacio

Pierre Lévy

10. Semióticas

La semiótica de la Tierra o la presencia

Cada espacio antropológico despliega un régimen de signos, una semiótica particular. En la Tierra, el signo participa del ser y el ser del signo. Aquí todo nos habla. Cada acontecimiento se hace mensaje y toda persona mensajera. La menor percepción se convierte en índice, imagen o símbolo. Animales y gentes, astros y climas, formas y detalles nos hacen señas, remiten a relatos, a discursos, a rituales. "Los perfumes, los colores y los sonidos se responden",1 según líneas de afecto, según el juego de las contigüidades, analogías y correspondencias que organizan el cosmos.

Simétricamente, el signo es un atributo, una parte activa de la cosa, del ser o de la situación que él califica. Estatuas y máscaras irradian fuerzas misteriosas. Las palabras son potencias. Cada nombre irradia una energía, una calidad. Gracias al aliento que lo lleva, el signo no está jamás separado de una presencia. Las palabras son actos, ejercen poderes, destruyen y crean. Imágenes y fetiches actúan a distancia. Actos divinos o rituales humanos: son gestos y cantos que sustentan al mundo.

La Tierra despliega el universo de la significación como reino de la potencia y de la presencia. En el espacio liso de la gran Tierra nómada, los seres, los signos y las cosas se conectan en rizomas, intercambian sus lugares, tejen la tela continua del sentido. Tal es el régimen semiótico de los primitivos, de los animistas, de las culturas anteriores a la escritura, de los niños muy pequeños. La manera del inconsciente y de los "procesos primarios".2

Pero tengamos cuidado en no limitar demasiado rápido este régimen semiótico a algún continente nocturno del inconsciente, de la poesía y de la infancia. El mundo de las resonancias, de las conexiones y de las presencias actúa mucho más allá de estas esferas. Él organiza nuestra existencia imaginaria y afectiva, nuestro más íntimo pensamiento. Marca el ritmo, lleva la voz cantante de todas las canciones de los hombres.

La semiótica del Territorio: división

En el Territorio, la palabra está separada del aliento vivo y fijada a un soporte inerte, se hizo sedentaria por la escritura. Estos son los primeros ideogramas en carapachos de tortugas, el hormigueo de los cuneiformes en las tablillas. Las cosas a las que remiten estos signos están quizás muy lejanas o sucedieron desde hace mucho tiempo. Los signos representan las cosas: hacen presentes las cosas ausentes.

¿Por qué este tema de la representación solo se convierte en central en el Territorio? Porque los signos en él ya no son solo intercambiados en situación, sino que pueden ser separados de sus autores, cortados de las potencias vivas con las que estaban muy relacionados en el régimen semiótico de la Tierra. El vínculo viviente, cambiante y real que existe entre los seres, los signos y las cosas entonces es diferido. Las separaciones y las fronteras que dividen en zonas al Territorio se insinúan en pleno corazón de las relaciones de significación: la división semiótica es instituida.

Entre los signos y las cosas se interponen en lo adelante el Estado, la jerarquía y sus escribanos. La relación entre signo y cosa no es entonces ya más de analogía, de proximidad, de continuidad afectiva, de interacción complicada según las capilaridades móviles y numerosas del sentido. En el Territorio, la ley fija los nombres, la convención distribuye las palabras. Imágenes y sonidos privilegiados ya no funcionan como vectores de fuerza y de deseo dentro de un continuum vivo. En lo adelante, el signo representa. El signo es arbitrario. El signo es trascendente.

Esta trascendencia del signo implanta un régimen de la ausencia o, al menos, un universo intermitente de muertos-vivos donde signos y cosas continúan sin jamás alcanzar la plena presencia del ser. En efecto, la cosa está ausente, ella se nos escapa: porque solo la aprehendemos por su nombre, su concepto, su imagen, su percepción, es decir, a través de otros signos. La cosa solo está aquí bajo la forma neutra, pálida y desvitalizada de su representante. Ella no es más que un inaccesible "referente". La cosa en sí es trascendente. En cuanto al signo mismo, está bien presente, pero sin poseer evidentemente la dignidad ontológica y la inmanencia de la cosa terrestre, es un ser menor. Impuesto por la ley, trascendente, aislado de la savia que sube de la Tierra, él está ausente a su vez. Como lo había visto Lacan, el régimen del corte semiótico instaura bien la castración.

Pero la significación no se agota jamás en la territorialización del signo. ¿Por qué, pues, casi todas las teorías del signo admiten el corte semiótico, ya sea bajo su forma dualista brutal o en su versión triangular más sutil (significante, significado y referente, o vox, conceptus, y res3)? ¿No es porque ellas fueron casi todas fundadas en el estudio de los textos y el descifrado de las lenguas muestras4? ¿Porque ellas nacieron entre los escribas, los clérigos, los servidores del Estado, los profesores: en todos los lugares de iglesia, de escuela y de burocracia? Porque, cualesquiera que sean las denominaciones diversas que la semiótica ha conocido desde la apertura de la primera casa de escritura en los bordes del Éufrates, hace cinco mil años, la trascendencia del signo es la piedra angular de las jerarquías políticas y sacerdotales, el secreto de la sumisión a todas las trascendencias de los sujetos castrados.

La semiótica de la Mercancía o la ilusión

En el Espacio de las mercancías, ya no solo es la palabra la que es separada de una situación viva. Cuadros y rostros, paisajes y músicas, ritos y espectáculos, los acontecimientos de todos tipos son indefinidamente reproducidos y divulgados por los libros, la prensa, la foto, los discos, el cine, la radio, los cassettes, la televisión, fuera de su contexto de emergencia. Multiplicado por los medios, transportado por miles de vías y canales, el signo es deterritorializado.

Antes de la grabación del sonido y de la radio, la mayor parte de la humanidad no había jamás oído otra cosa que las músicas de su nación, de su región, y siempre en relación con una circunstancia particular: cantos de trabajo o de amor, seguidillas u otros bailes típicos, canciones de fiesta o cánticos religiosos. Antes de la fotografía, el cine y la televisión, las imágenes estaban atadas a lugares, a ocasiones, a estaciones. A partir de entonces, los signos son agudos. El Territorio separaba la cosa del signo, pero para volverlos a articular mejor por lo arbitrario de la convención, de la ley, del Estado. En el espacio de las mercancías, los flujos de signos corren sin freno. El corte ha funcionado tan bien que la trascendencia no hace más el vínculo.

La escritura había permitido un análisis del discurso, una cosificación de las palabras, una primera descontextualización del lenguaje. Los medios operan una descontextualización masiva y generalizada de todos los signos que ninguna trascendencia viene más a regular.

La semiótica del Territorio distinguía la cosa de su representación. En el Espacio mercantil, o mediático, no hay verdaderamente más cosa, más referente, más original. La moneda continúa circulando en ausencia del patrón oro. La melodía escuchada en la radio o grabada en el disco no ha sido jamás cantada tal y como yo lo entiendo: solo es un efecto de estudio, eso solo existe en la esfera del espectáculo. La prensa y la televisión crean el acontecimiento, producen la realidad mediática, evolucionan en su propio espacio más que enviarnos señales de las cosas mismas. La referencia únicamente remite a la medioesfera. La gran tienda del signo, o el Espectáculo,5 se convierte entonces en una especie de sobrerrealidad, por la que toda palabra o toda imagen debe pasar si ella pretende tener alguna eficacia. El paso por los circuitos mediáticos destrona a la representación: "Visto en la tele"...

En la semiótica mercantil, el signo ya no representa, traza. Ya no funciona según un corte ordenado en la vertical, sino según cien líneas de circulaciones horizontales.

El signo ya no apunta aquí hacia el sentido o el objeto: fluye, irradia, difunde, se propaga, se clona, prolifera. Ya no es un representante acreditado por una trascendencia, sino un virus, tratando de replegarse, luchando con rapidez contra otros virus para ocupar el espacio mediático. La circulación de los signos se hace exterior a las necesidades vitales del sentido, como a las jerarquías de la trascendencia, ella se hincha, se embala, decrece bruscamente, se instala en las almenas provisionales, corre al acontecimiento, a la diferencia, la anula, busca nuevas diferencias, solo sigue las "leyes" del mercado y las líneas de mayor inclinación en un paisaje mediático siempre en movimiento.

En el espacio de la reproducción, de la difusión, de la variación indefinida, los signos no llaman más a las cosas que ellos designan ni a los seres que las profieren. Es eso, el Espectáculo: todo lo real pasó del lado del signo. Los hechos, las gentes, las obras, son signos. Y son tratados, reproducidos, difundidos como tales. No solo el signo no remite a la cosa ausente, sino que no puede incluso ya conducir al principio de la serie, al "original", ya que, en el Espacio de las mercancías, el signo no es más que un efecto de grabación, de reproducción, de difusión: únicamente es signo en el circuito. La ausencia triunfa desde el mismo centro de la abundancia: Warhol puede serigrafiar, Derrida deconstruir, Baudrillard simular, y Philip K. Dick edificar universos paranoicos donde lo real se construye a fuerza de ilusión.

El Espacio del saber o la productividad semiótica

La semiótica del Espacio del saber se define por el regreso del ser, de la existencia real y viva en la esfera de la significación. Esta salida del mundo de la ausencia, esta reanudación del contacto con la realidad no debe obviamente entenderse como un proceso de objetivación, ni como relación codificada con algún significado o garantía de los signos por una trascendencia. Es real lo que implica la actividad práctica, intelectual e imaginaria de sujetos vivos.

En el Espacio del saber, los intelectos colectivos reconstituyen un plano de inmanencia de la significación, donde los seres, los signos y las cosas encuentran una relación dinámica de participación mutua, que escapa a las separaciones del Territorio como a los circuitos espectaculares de la Mercancía.

En algunos raros momentos de la historia o de nuestras vidas individuales, nosotros nos reapropiamos la creación significante, retomamos la palabra. El Espacio del saber sería el lugar de una toma de palabra continuada, pero de una palabra afectiva, capaz de cambiar la realidad. En el Espacio del saber, las inspiraciones activas se ponen en común, no en vista a una hipotética fusión de los individuos, sino con el fin de dilatar juntos la misma burbuja, miles de burbujas irisadas, que son cosmos provisionales de mundos de significaciones compartidas.

El regreso de lo real en la esfera de la significación supone, lo hemos visto, la implicación de sujetos vivos; pero sugiere también que el espacio de los signos se haga sensible, parecido a un espacio físico (¡o a varios!): que se pueda entrar en él, localizarse en él, encontrarse con otros, explorarlo, palparlo, modificarlo. El Espacio del saber no es otro que esta realidad virtual, esta utopía ya presente por manchas, en punteados, en potencia en todas partes donde los humanos sueñan, piensan, actúan juntos.

El Espacio del saber acoge metamorfosis topológicas; cada intelectual o colectivo que usa la imaginación abre en él llanuras, pozos, rostros, cielos nuevos. Y en cada área se despliega una calidad de significación, una manera de significar.

En el espacio mercantil, los signos-proyectiles pululan, en búsqueda de sus blancos. En el Espacio del saber, los intelectos colectivos organizan mutaciones de una inmensa variedad de semióticas. El arte del futuro no forja más signos, sino dispositivos de comunicación posmedias.

Desde hoy, captando hipertextos, herramientas de trabajo en grupo,6 multimedias interactivas, realidades virtuales,7 programas de inteligencia o de vida artificial,8 de ideografías dinámicas,9 dispositivos de simulación digital y de sistemas de información interactivos,10intelectos colectivos exploran semióticas mutantes. En el Espacio del saber, el logocentrismo del Territorio ha perdido actualidad. La imagen, acoplada a dispositivos de mando sensoriomotores, plástica, interactiva, ultidimensional, puede escapar al destino de fascinación que le trazaba la mercancía y convertirse en un dispositivo de vigilancia, de conocimiento y de invención más poderoso aún que el texto.

¿Se trata de un regreso a la semiótica de la Tierra? No completamente, puesto que las significaciones del Espacio del saber transitaron por la historia, por la pluralidad de lenguajes y de mundos, por los flujos decodificados del capital. En el cuarto espacio, los signos no remiten más a alguna barrera cósmica, a espirales bien ordenadas pasando de círculo en círculo, sino a líneas de transcencencia, errantes, singulares, a espacios de significación metamórficas.

El intelecto colectivo ya dio con el arbitrario y la trascendencia del signo territorial. Está ducho en las sutilezas de la glosa y de la interpretación. La hermenéutica, esta ciencia del Territorio, le enseñó a disolver el pegemento que fusionaba demasiado estrechamente lo percibido, el signo, la cosa y el sentido, para permitir en fin su juego.

El colectivo inteligente pasó por el Espectáculo, tuvo la experiencia y disfrutó de una realidad reducida al signo. No está pues movido por la nostalgia de lo auténtico, sino que se compromete resueltamente en un juego de artificios, de simulaciones y de imaginación creadora más libre aún.

El intelecto colectivo se vuelve a apropiar la productividad semiótica confiscada por los poderes del Territorio y los circuitos del Espectáculo. Y si para el hombre solo hay mundo en el elemento de la significación, como forja sistema de signos, el intelecto colectivo rehace el mundo.

Hasta ahora, solo se han apropiado de nuevo la palabra a favor de un movimiento revolucionario, de una crisis, de una cura, de un acto de creación excepcional. ¿Qué sería una apropiación de la palabra normal, tranquila, instituida, si se puede hablar así de un proceso instituyente? He aquí los intelectos colectivos: círculos humanos que alientan a las subjetividades a singularizarse continuamente. Obras de construcción para máquinas célibes. ¿Ejércitos de nómadas espirituales en marcha por los muelles y plazas de una ciudad de signos en devenir? ¿No es eso lo que soñaban los surrealistas sin tener los medios técnicos para ello?

Cada nueva manera de hacer sentido crea otras subjetividades, otras cualidades de ser. La productividad semiótica de los intelectos colectivos se transubstancia en productividad ontológica.

De un espacio a otro, convertir en real, dar vida, es traer a la luz sentido, manifestar por signos. En los humanos, lo que no ha sido cantado no existe.

  • 1. Charles Baudelaire “Correspondencias”, en Les fleurs du mal, 1857.
  • 2. Cf. de Daniel Bougnoux, La communication par la bande, La Découverte, París, 1991.
  • 3. Ver el notable estudio de François Rastier: La triade sémiotique, le trivium et la sémantique linguistique, coll. Nouveaux actes sémiotiques, 9, 1990, 54p.
  • 4. Mikhail Bakhtine, Le marxisme et la philosophie du langage. Minuit, París, 1977.
  • 5. Guy Debord, La société du spectacle, Buchet-Chastel, París, 1967 (nueva edición Gallimard, París, 1993).
  • 6. Cf. de Jean-Pierre Balpe, Les Hyperdocuments, Eyrolles, París, 1990 ; de René Laufer y Domenico Scavetta, Les Hypertextes, PUF, París, 1992 y de Pierre Lévy, Les technologies de l’intelligence, op.cit.
  • 7. Howard Rheingold, La Réalité Virtuelle, Dunod, París, 1993.
  • 8. Artificial Life 1, editado por Christopher G. Langton, Addison-Wesley, New York, 1989 y Artificial Life 2, editado por Christopher G. Langton, Charles Taylor, J. Doyne Farmer & Stean Rasmussen, Addison-Wesley, New York, 1992. Estas obras dan cuenta de coloquios internacionales organizados por el Santa Fe Institute for the Sciences of Complexity.
  • 9. Cf. De Pierre Lévy, L’idéographie dynamique, op.cit.
  • 10. Cf. de Michel Authier y Pierre Lévy, Les arbres de connaissances, op.cit.

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