Inteligencia Colectiva

por una antropología del ciberespacio

Pierre Lévy

7. Los cuatro espacios

La Tierra

La Tierra, la gran Tierra nómada es el primer espacio ocupado por la humanidad. Nuestra especie ha secretado la Tierra elaborando el mundo humano como tal. La Tierra no es otra que el mundo de las significaciones que nace en el paleolítico con el lenguaje, los procesos técnicos y las instituciones sociales. La humanidad se inventó ella misma desplegando la Tierra bajo sus pasos y alrededor de ella, la Tierra que la alimenta y que le habla, la Tierra que ella recrea perpetuamente por sus cantos, sus actos rituales.

La Tierra no es el suelo originario, ni el tiempo de los orígenes, sino el espacio-tiempo inmemorial, al que no se le puede asignar un origen, el espacio "siempre ya ahí" de la especie, que contiene y desborda el comienzo, el despliegue y el porvenir del mundo humano. La Tierra no es un planeta, ni incluso la biosfera, sino un cosmos donde los humanos están en comunicación con los animales, las plantas, los paisajes, los lugares y los espíritus. La Tierra es este espacio donde los hombres, las piedras, los vegetales, los animales y los dioses se encuentran, se hablan, fusionan y se separan para reconstruirse a perpetuidad. La Tierra es el lugar de las metamorfosis, las de Ovidio, las de Empédocles o de Lucrecia, las que pueblan los sueños de los aborígenes de Australia, las de todos los grandes relatos míticos.

En la Tierra todo es real, todo está presente, y la visión obtenida en trance, la palabra inspirada por los dioses no contradicen forzosamente el juicio prudente. En la gran Tierra nómada, el sueño y el despertar no son ciertamente confundidos, sino que se apoyan, se interpretan y se nutren uno del otro. Los animales viven en un nicho ecológico. El humano va inmediatamente más allá de todo nicho, el humano vive en una Tierra que él elabora y reelabora constantemente con sus lenguajes, sus instrumentos y edificios sociales complicados y sutiles donde no deja de implicar al cosmos. El hombre no vive en un nicho, como un perro, porque él observa las estrellas, porque inventa dioses que lo inventan, porque se atribuye el águila o el leopardo como antepasado, porque vive entre los signos, los relatos y los muertos. El hombre es el único animal que vive en el cosmos, que no pertenece solamente a una especie, sino que escoge sus Tótem. La humanidad es la especie consagrada a la Tierra, al cosmos de los animales y de las plantas que hablan, la especie consagrada al caosmos de las metamorfosis.

La revolución neolítica no ha suprimido evidentemente la gran Tierra nómada y salvaje, el "jardín" inmemorial. El inconsciente no es una buena palabra para explicar esta permanencia de la Tierra, porque nos habla de una pequeña esfera empobrecida, individual, familiar, de la que el cosmos ha sido excluido. La gran Tierra caosmica está siempre presente, resonando desde muy lejos bajo nuestros pasos, bajo el hormigón de los territorios, bajo los signos irrisorios del espectáculo. Atravesando las fronteras de las identidades, el coro de la Tierra canta aún su loca canción de ensueño y de vida, el canto que sostiene la existencia del mundo.

El Territorio

Desde hace once mil años se expande por la Tierra, por placas cada vez más anchas, por manchas dispersadas que se unen en el transcurso de los siglos, un segundo espacio antropológico, el del Territorio. La domesticación y la crianza de los animales, la agricultura, la ciudad, el Estado, la escritura, una estricta división social del trabajo, todas estas innovaciones no se suceden siempre en el mismo orden aquí o allá. Pero cuando ellas se conectan y se refuerzan mutuamente, adquieren una fuerza irreversible, una potencia de expansión, una permanencia tal que un nuevo mundo humano se establece realmente, el mundo sedentario de la civilización.

Sin dudas, el espacio del Territorio se abrió por primera vez en el Cercano Oriente, entre la Media Luna fértil, Irán y la Anatolia. Pero existe también un neolítico chino, más tardío, un neolítico mexicano o inca más tardío aún. El fechado importa poco. El neolítico no es considerado aquí como un período de la historia, sino como un espacio antropológico intemporal que, desde que apareció una vez, repercute inmediatamente en todo el pasado, en todo el porvenir de la especie. La agricultura, la ciudad, el Estado o la escritura son en lo adelante virtualidades inherentes a la humanidad, que se reflejan unas a otras y contribuyen, cada una a su manera, a la división el Territorio.

Las figuras emblemáticas del primer espacio, el de la Tierra, podrían ser un cazador de la edad del reno, pintando grandes ciervos en la pared de una gruta, o un aborigen de Australia, desnudo, con la lanza en la mano, cantando el sueño de su clan a lo largo de un camino inmemorial. En la estela que circunscribe el Territorio están quizás grabados los hechos más relevantes de Sargón de Agadé, Rey de los cuatro Países, primer emperador de la historia, que unificó con sus conquistas todos los Estados ­ Ciudades de Mesopotamia. Cerca del centro del territorio, hay una pirámide, cubriendo con su sombra todo un pueblo de fellahines, de artesanos, de escribas, y de soldados también, hasta alcanzar las fronteras: una pirámide que domina campos de cebada y de espelta, todo un laberinto de canales de irrigación, y ciudades, con sus plazas, sus calles, sus patios, sus templos, sus estatuas y sus paredes; una pirámide que transporta hacia los siglos venideros la momia del faraón.

El Territorio trabaja por recubrir la gran Tierra nómada, la empuja hacia los tiempos. Canaliza los ríos, deseca los pantanos, desbroza las selvas inextricables ­ selvas que se queman incesantemente desde el primer neolítico - sitúa puentes sobre los ríos y los torrentes; y las calzadas embaldosadas por las rutas de los picos, resuenan al paso de sus legiones. Ejércitos, policías, administraciones, recaudadores de impuestos y de tributos civilizan también a los hombres, construyen el Territorio del interior, edifican en las costumbres y el alma colectiva de los pueblos una pirámide social. Toda jerarquía lleva en su seno, como un niño nacido muerto, la momia del faraón.

El Territorio instaura con la Tierra una relación de rapiña y de destrucción, él la domina, la fija, la encierra, la inscribe y la mide. Pero los ríos se desbordan, la selva avanza, los saqueadores del desierto vienen a robar los tesoros acumulados, mujeres y hombres abandonan sus campos, sus casas y parten. La Tierra vuelve siempre, irrumpe desde el mismo centro del Territorio. Ibn Khaldoun veía en la lucha entre los principios nómada y sedentario, en el conflicto de los espacios, la dialéctica misma de la historia.

El trigo y las lentejas, el arroz y la soja, el frijol y el maíz, el buey y el carnero pueblan paisajes construidos, dominados. El hombre del alto neolítico habita un cosmos renovado, estrechamente enlazado al antiguo, que presiden nuevos dioses. La ciudad le provee del anonimato, una nueva libertad. La escritura le abre el acceso a la historia. A una potencia en expansión le llega su término, no al individuo, sino a la gran maquinaria social, al Estado. Entonces los humanos se multiplican en los bordes de los ríos, en los deltas y en las llanuras fértiles.

Desde hace tres o cuatro mil años, y hasta la Segunda Guerra Mundial, la mayor parte de la humanidad, campesina, ha vivido en el Territorio, en una larga duración neolítica, que los cambios de imperios, los movimientos de pueblos y algunas innovaciones técnicas apenas han hecho estremecer.

El espacio de las mercancías

¿Es al alba del milagro griego, con el invento de la moneda y del alfabeto, cuando los signos comienzan a circular más rápidamente, lateralmente, escapando a la pesada jerarquía de las castas? ¿Se debe datar en el Renacimiento, que ve el triunfo de la imprenta, esta primera industria, este primer medio masivo, mientras que al mismo instante los navegantes europeos alcanzan todos los continentes, construyendo el primer mercado mundial? ¿No sería más bien, entre los humos de la revolución industrial, en el siglo XVIII, cuando se abre el Espacio de las mercancías? No el espacio usual de los intercambios o del comercio, sino como un mundo nuevo tejido por la circulación incesante, cada vez más densa, cada vez más rápida del dinero. Letras de cambio, pagarés, efectos a término, títulos, divisas, tasas de intereses, finanzas, especulación, cálculo.

Este mundo primeramente flotante, disperso, inconsistente, solo corroe para empezar la superficie y los espacios de la vida social. Pero logra, luego de una extraordinaria aproximación histórica, unir sus miembros dispersos: moneda, banco y crédito, poblaciones civilizadas a pesar de la ausencia de un gran imperio despótico, capitales y técnicas, mercados extendidos, trabajadores arrancados a los campos, imaginaria o deseo colectivo que escapa ya al Territorio y busca otro espacio, otras velocidades. Este mundo nuevo acaba por crecer de él mismo, por vivir su propia vida. Atravesando las fronteras, trastornando las jerarquías del Territorio, la danza del dinero arrastra con ella, en un movimiento acelerado, una marea ascendente de objetos, de signos y de hombres. Barcos de vapor, ferrocarriles, automóviles, carreteras, accidentes, autopistas, cementerios de autos, camiones, barcos de carga, petroleros, aviones, metros, transporte, circuitos, circulación, distribución, saturación, velocidad inmóvil.

El espacio de las mercancías ha sido alisado, mantenido, acrecentado por una máquina deterritorializante que se ha autoorganizado de súbito y desde entonces se alimenta de todo lo que encuentra. Como el Rey Midas transformaba irremediablemente en oro lo que tocaba, el capitalismo transmuta en mercancía todo lo que logra arrastrar a sus circuitos. Trigo, pieles, lana, algodón, tejidos, paños, ropa, máquinas de coser, productos químicos, abonos, medicamentos, conservas, alimentos congelados, refrigeradores, lavadoras, tabacos, detergentes, pañales, jabones, objetos disímiles, acumulación de cosas, tiendas, reservas de provisiones, almacenes, catálogos, grandes centros comerciales, envolturas, cajas, vidrieras, consumo, desechos, basureros.

El capitalismo solo funciona gracias al Estado territorial, arrastrando en sus vueltas, gracias a la ciencia y a la técnica, los flujos y los signos del cosmos terrenal, de un cosmos redefinido, reinterpretado como recurso, un cosmos reconstruido, reconstituido, redesplegado por la ciencia y la técnica, televisado, simulado: electrones y proteínas, represas en el Amur o en el Yang Tsé - el tecnocosmos. Minas de hierro y de carbón, explosiones de grisú, máquinas de vapor, trabajo, industrias textiles, tractores, segadoras­ trilladoras, pesticidas, altos hornos, pozos de petróleo, refinerías, trabajo, fábricas de gas, asma, bronquitis, centrales térmicas, centrales hidráulicas, centrales atómicas, electricidad, trabajo, cables, redes, luces, neón, máquinas-herramientas, robots, trabajo, huelgas, hormigón, vidrio, acero, plástico, oficinas, centros de negocios, reuniones, trabajo, trabajo, trabajo, desempleo.

Cuando el espacio de las mercancías toma su autonomía en relación con el Territorio, no suprime pura y simplemente los espacios precedentes, sino que se les subordina, los organiza según sus propios fines. El viejo Territorio neolítico es distendido, sometido a una hibridación es atravesado, agujereado, descosido, cubierto por el tecnocosmos mercantil. El capitalismo es completamente "deterritorializante", y el movimiento de la industria y del comercio ha sido durante tres siglos el motor principal de la evolución de las sociedades humanas. La humanidad contaba con alrededor de setecientos cincuenta millones de hombres a mediados del siglo XVIII, contará con alrededor de seis millares de millones en el año dos mil. Seis mil millones de hombres que habitan ya, entre las ruinas de la Tierra y los monumentos erosionados del Territorio, el tecnocosmos, su velocidad, su multitud de imágenes sin memoria. Cañones, obuses, blindajes, explosivos, destructores, ametralladoras, gas mostaza, tanques, aviones de caza y de combate, bombarderos, Zklon B, acorazados, portaaviones, bombas atómicas, bombas de fósforo, de fragmentación, con efecto de choque, helicópteros, cohetes, radares, guerras, guerras y destrucciones.

Si Marx ha hecho de la economía "la infraestructura" de las sociedades humanas y del examen de los "modos de producción" la clave del análisis histórico, es porque en el siglo XIX el espacio dominante era efectivamente el de las mercancías. Pero solo hay "base económica" con el capitalismo, no antes, y quizás no siempre. Sin embargo, la gran maquinaria cibernética del capital, su extraordinaria potencia de contracción, de expansión, su flexibilidad, su capacidad de inmiscuirse en todas partes, de reproducir sin cesar vínculo mercantil, su virulencia epidémica parece invencible, inagotable. El capitalismo es irreversible. Es en lo adelante la economía e instituyó la economía como dimensión imposible de eliminar de la existencia humana. Existirá siempre el Espacio de las mercancías, como existirá siempre la Tierra y el Territorio. Máquinas de escribir, imprentas, periódicos, revistas, fotos, carteles, publicidad, cine, estrellas de cine, teléfono, radio, música de variedades, televisión, discos, música clásica, magnetófonos, cassettes, equipos de alta fidelidad, música rock, música barroca, walkman, juegos de video, multimedias interactivos, músicas del mundo, museos, cohetes, satélites, ordenadores, telemática, información, comunicación, bancos de datos, viajes organizados, "casas inteligentes", agua y gas en todos los pisos, investigación y desarrollo, manipulaciones genéticas, "arte", "cultura", espectáculo.

¿Qué nueva dimensión antropológica permitiría escapar al torbellino del capital?

¿Qué movimientos más rápidos, más envolventes aún que los de la economía deterritorializarán la deterritorialización? Y es entonces como la capa mercantil, cielo de la humanidad contemporánea, ondulando en su ascensión vertiginosa se perfora a su vez, abriéndose a otro espacio.

El Espacio del saber

Seamos francos: el Espacio del saber no existe. Es en el sentido etimológico una utopía. No se realiza en ningún lugar. Pero si no es realizado, ya es virtual, en espera de surgir. O más bien, ya está presente, pero ocultado, dispersado, travestido, mezclado, empujando rizomas aquí y allá. Emerge por manchas, en líneas de puntos, en filigranas, centellea sin haber aún constituido su autonomía, su irreversibilidad. Esta cristalización de un libre Espacio del saber, la apertura de una nueva dimensión antropológica, el paso de un punto de no retorno no ocurrirá quizás jamás.

En el presente, en cuanto a las mercancías, el Espacio del saber está aún sometido a las exigencias de competitividad y a los cálculos del capital. En el Territorio, está subordinado a los objetivos de potencia y a la gestión burocrática de los Estados. En la Tierra, en fin, sigue enviscado en los mundos cerrados y las mitologías arcaicas del new age o de la deep ecology, como si la diversidad de la vida, los astros, las energías cósmicas, las grandes imágenes del inconsciente colectivo no fueran continuamente coproducidos por los sueños, los signos y las maquinaciones de los hombres, como si hubiera una naturaleza, como si la gran Tierra no fuera delirante, plural, nómada.

Pero ¿qué es el saber? Evidentemente no se trata únicamente del conocimiento científico ­ reciente, raro y limitado ­ sino del que califica la especie, el homo sapiens. Cada vez que un ser humano organiza o reorganiza su relación con él mismo, con sus semejantes, con las cosas, con los signos, con el cosmos, se compromete con una actividad de conocimiento, de aprendizaje. El saber, en el sentido en que lo entendemos aquí, es un saber-vivir o un vivir­saber, un saber coextensivo a la vida. Compete, pues, a un espacio cosmopolita y sin fronteras de las relaciones y de las cualidades; a un espacio de la metamorfosis de las relaciones y de la emergencia de las maneras de ser; a un espacio donde se reúnen los procesos de subjetivación individuales y colectivos.

El pensamiento no se reduce a los discursos llamados racionales, existen pensamientos-cuerpo, pensamientos-afecto, pensamientos-percepciones, pensamientos-signo, pensamientos-gesto, pensamientos-máquina, pensamientos-mundo. El Espacio del saber es el plano de composición, de recomposición, de singularización y de relanzamiento procesal de los pensamientos. Lugar de disolución de las separaciones, el Espacio del saber está habitado, animado por intelectos colectivos – colectivos que usan la imaginación ­ en reconfiguración dinámica permanente.

Los intelectos colectivos inventan lenguas mutantes, construyen universos virtuales, ciberespacios donde se buscan formas de comunicación inauditas. Repitámoslo, el cuarto espacio no existe, en el sentido en que aún no ha tomado su autonomía. Pero, en otro sentido, desde el acontecimiento de su emergencia virtual, su calidad de ser es tal que su voz resuena en la eternidad: el Espacio del saber siempre existió.

El Espacio del saber alcanza la Tierra. Es incluso otra Tierra, pero no ya inmemorial, centrada, cerrada: una esfera de los artificios atravesada por relámpagos, signos mutantes, un planeta cognitivo de velocidades aterradoras, una tormenta electrónica que adelanta, pluraliza y desordena de nuevo a la vieja Tierra nómada de los animales, de las plantas y de los Dioses. El Espacio del saber no es un regreso a la Tierra, sino un regreso de la Tierra a ella misma, un sobrevuelo de la Tierra por ella misma, a la velocidad de la luz, una diversificación cósmica incontrolada.

Al lado de índices muy inquietantes, que nos regresan a los aspectos más sombríos de la Tierra, del Territorio y del universo mercantil, el viraje del tercer milenio encierra los gérmenes, la figura virtual de un Espacio del saber autónomo. No se trata aquí de la autonomía del conocimiento científico en sí misma, que es adquirida por derecho desde hace al menos veinticinco siglos, sino de un espacio del vivir­saber y del pensamiento colectivo que podría organizar la existencia y la sociabilidad de las comunidades humanas. Este cuarto espacio antropológico, si se despliega un día, acogerá formas de auto-organización y de sociabilidad tendidas hacia la producción de subjetividades. Intelectos colectivos vagarán en él en búsqueda de cualidades, de modalidades inéditas del ser. No será completamente el paraíso terrenal, ya que los otros espacios, con sus limitaciones, existirán siempre. El programa de los intelectos colectivos no es ciertamente de destruir la Tierra, ni el Territorio, ni la Economía de mercado. Por el contrario, la vida a largo plazo de los tres primeros espacios ­ más allá de una supervivencia bárbara y precaria ­ está sin dudas condicionada por el surgimiento de un nuevo plan de existencia para la humanidad.

Ninguna gran noche hará brotar el Espacio del saber, sino muchas mañanas.

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