Inteligencia Colectiva

por una antropología del ciberespacio

Pierre Lévy

2. Las cualidades humanas: Economía de la inteligencia colectiva

La sociedad de la información es un engaño. Se ha dado a entender que después de haber estado centrada en la agricultura, luego en la industria (las transformaciones de la materia), la economía era guiada ahora por el procesamiento de la información. Pero tal como numerosos empleados y gerentes lo descubren a costa suya, nada se automatiza tan bien ni tan rápidamente como el procesamiento o la transmisión de la información. ¿Qué queda cuando la agricultura, la industria y las operaciones se han mecanizado en los mensajes? La economía girará –ya gira- alrededor de lo que no se automatizará jamás por completo, alrededor de lo irreducible: la producción de vínculo social, lo "relacional". No hablamos solo de una economía de los conocimientos, sino de una economía de lo humano, más general, que incluye la economía del conocimiento como uno de sus subconjuntos.

En principio, las actividades de producción de bienes y de servicios deberían tener por objetivo un enriquecimiento de lo humano, un aumento de potencia, en el sentido que atribuimos anteriormente a esta palabra. Por ejemplo: aumentar las competencias de los individuos y de los grupos, favorecer la sociabilidad y el reconocimiento mutuo, ofrecer los instrumentos de la autonomía, crear diversidad, variar los placeres, etcétera. Ahora bien, lo que quizás era solamente un imperativo moral, y por ende facultativo, a los fines de la economía clásica, tiende a convertirse en una obligación limitante, una condición del éxito. En efecto, la transformación continua de las técnicas, de los mercados y del entorno económico lleva a las organizaciones a abandonar sus modos de organización rígidos y jerarquizados, a desarrollar las capacidades de iniciativa y de cooperación activas de sus miembros. Nada de ello, pues, es posible a menos que se incluya y se movilice de manera efectiva la subjetividad de los individuos. Tanto en el nivel de las empresas o de las administraciones, como en el de las regiones o incluso de las naciones, la tensión hacia la inteligencia colectiva presupone una nueva atención hacia lo humano como tal. Cuando se emplean todos los recursos afectivos e intelectuales de las personas en los casos en que deben estimularse las capacidades de escuchar y de atender al otro, si la interconexión planetaria y las retroacciones sociales crean juegos en los que se gana si el socio gana, entonces la competencia se sitúa en el terreno ético.

Los universos totalitarios y burocráticos, así como las sociedades minadas por la corrupción y la mafia, corroen en la base las nuevas condiciones del éxito económico. A recursos materiales iguales, a limitaciones económicas equivalentes, la victoria es de los grupos cuyos miembros trabajan por placer, aprenden rápidamente, respetan sus compromisos, se respetan y se reconocen unos y otros como personas, y se mueven y dejan moverse más que controlar territorios. Ganan los más justos, los más capaces de formar juntos una inteligencia colectiva. Así, podemos repetirlo, la riqueza humana efectiva y subjetivamente vivida ya no es solo la finalidad teórica de la actividad económica, sino que se convierte en su condición expresa. Las necesidades económicas tocan la exigencia ética. Pero esta no es la única razón que nos hace invocar una economía de las cualidades humanas.

El movimiento de las técnicas, el avance de las ciencias, las turbulencias geopolíticas y los altibajos de los mercados disuelven los oficios, pulverizan las comunidades, obligan a las regiones a modificarse, fuerzan a la gente a desplazarse, a cambiar de lugar, de país, de costumbres y de idioma. La desterritorialización con mucha frecuencia provoca la exclusión o rompe los vínculos sociales. Casi siempre desvanece las identidades, al menos las que se basaban en pertenencias o en "raíces". De ello resulta un tremendo desarraigo, una inmensa necesidad de colectivo, de vínculo, de reconocimiento y de identidad. En este terreno proliferan racismos, integrismos, nacionalismos y mafias. A contrapelo de estos males, y al igual que lo nuclear creó una industria de reciclaje de desechos radioactivos, la desterritorialización acelerada produce una verdadera industria de la restauración del vínculo social, de la reinserción de los excluidos, de una nueva fusión de identidades en individuos y comunidades desestructuradas. Por consiguiente, no es solo por razones de competitividad económica, sino igualmente bajo la presión de una verdadera urgencia social, que el sector de la producción de vínculo (una de las principales actividades de la economía de las cualidades humanas) está llamado a desarrollarse. Y las condiciones que favorecen la nueva economía durarán aún mucho tiempo.

Pero existe aún una tercera razón que hace necesario un ascenso de la economía de las cualidades humanas y el desarrollo de la ingeniería del vínculo social que le corresponde. En nuestra época, las técnicas disponibles permiten suministrar a todos más de lo necesario. De ahí que nos veamos obligados a concluir que la penuria es en lo adelante producida socialmente, que la miseria y la exclusión están organizadas, incluso si no se buscan de forma deliberada. Si el desempleo se presenta como una fatalidad más o menos comprensible según la economía clásica, a los ojos de una economía de lo humano, aparece como la destrucción sistemática de riquezas. Una sociedad que admitiese explícitamente los principios de la economía de las cualidades humanas reconocería, alentaría y retribuiría todas las actividades sociales que producen y mantienen estas cualidades, incluso aquellas que no entran directamente en los circuitos de la economía mercantil. Al hacerlo, permitiría a los que no poseen empleo asalariado, construirse al menos una identidad en la interacción con el colectivo. Además, enriquecería así indirectamente las reservas de savoir-faire y de facultades humanas que alimentan el dinamismo del sector mercantil.

Pero ni la economía del conocimiento, ni la economía ampliada de las cualidades humanas deben desarrollarse como economías dirigidas, pues ello implicaría utilizar medios radicalmente opuestos a los objetivos buscados. No mercantil no significa forzosamente estatal, burocrático, monopolista, hostil a la iniciativa privada, ni alérgico a toda forma de evaluación. El problema de la ingeniería del vínculo social es inventar y mantener los modos de regulación de un liberalismo generalizado. Según este liberalismo ampliado, cada uno sería productor (y consumidor) individual de cualidades humanas en una gran variedad de "mercados" o contextos, sin que nadie pueda jamás apropiarse de los "medios de producción" de los que serían despojados los demás. En la economía del futuro, el capital será el hombre total.

Los que fabrican escasearán y su trabajo, con el equipamiento necesario, amplificado, se mecaniza cada vez más. Los oficios del procesamiento de la información están en suspenso, pues dentro de poco las redes de comunicación con inteligencia incorporada cumplirán ellas mismas la mayoría de esas tareas. Como última frontera, descubrimos lo humano mismo, lo no automatizable: la apertura de mundos sensibles, la invención, la relación, la recreación continua del colectivo.

A pesar de su diversidad, casi todos los oficios contemporáneos poseen en común actividades centrales de cooperación activa, de relación, de formación y de aprendizaje permanente. ¿Los industriales producen objetos? Ciertamente, pero pasan la mayor parte de su tiempo escuchando a sus clientes, negociando con ellos, formándolos, estableciendo asociaciones, renovando sus propias competencias, etcétera. ¿Son los policías los encargados de la prevención y de la represión de los delitos? Si, pero deben también suplantar la ausencia de los padres, hacerse asistentes sociales, animadores socioculturales, psicólogos. ¿Son los médicos y los enfermeros quienes curan los cuerpos? Sin duda. Pero el acompañamiento relacional ocupa un lugar creciente. Se sana mejor en los hospitales humanizados, donde los enfermos son también personas. Se trata más eficazmente a los pacientes instruyéndolos en la dietética, en la higiene, en el reconocimiento profundo de sus síntomas, en la autonomía sanitaria en general.

El sector del futuro de la producción antrópica marcha sobre dos vías inseparables: la cultura de las cualidades humanas –de ellas, fundamentalmente las competencias- y el acondicionamiento de una sociedad en la que se puede vivir. Todo sucede como si lo humano, en toda su extensión y variedad, se convirtiera en la nueva materia prima. Ahora bien, abogamos aquí por que la inteligencia colectiva se imponga como el producto acabado por excelencia. La inteligencia colectiva: fuente y objetivo de las otras riquezas, abierta e inacabada, producción paradójica que es interna, cualitativa y subjetiva. La inteligencia colectiva es el producto infinito de la nueva economía de lo humano.

Durante el gran neolítico que finalizó a mediados del siglo XX, los campesinos, en su mayoría, trabajaban la tierra. En la edad industrial que comenzó a fines del siglo XVIII y que está terminando ahora, los obreros transformaban las materias primas y los empleados procesaban informaciones. Por otra parte, la riqueza de las naciones depende hoy de las capacidades de investigación, innovación, aprendizaje rápido y cooperación ética de sus pueblos. Los que cultivan la inteligencia de los hombres se encuentran pues en la fuente de toda prosperidad. Hoy el nuevo proletariado no trabaja ya sobre signos o cosas sino sobre masas humanas en bruto. Acompaña a los pueblos en tránsito en medio de las tormentas de la gran mutación. Humaniza los cuerpos, los espíritus, los comportamientos colectivos. Desde el seno mismo de la batalla, forja a ciegas, torpemente, las armas de la autonomía. He aquí pues, los nuevos fogoneros de la sociedad, los que producen en la sombra las condiciones de la riqueza lejos de las luces del espectáculo, esos cuyo trabajo es a la vez el más duro, el más necesario y el peor pagado: la cohorte de los educadores, maestros, profesores, formadores de todo tipo. Y a este contingente se suma la multitud de animadores, trabajadores sociales, policías ya viejos y extenuados. Sin olvidar a la masa de los auxiliares: los miembros de las asociaciones, los no-gubernamentales, los caritativos, los ayudantes en todas las desgracias, todo el pueblo insignificante que barre detrás de los fracasados de la formación y recoge a las víctimas de la desterritorialización. Estos nuevos proletarios llevan a cuestas lo relacional de masa, el vínculo social intensivo en primera línea. Estos justos se encargan de insertar toda una población abandonada a su suerte. Y por la gracia de la movilidad y de la aceleración de los flujos, todo el mundo vive al borde de la exclusión y corre el riesgo de caer fuera.

El nuevo proletariado solo se emancipará al unirse, al descategorizarse, estableciendo alianzas con aquellos cuyo trabajo se asemeja al suyo (de nuevo, casi todo el mundo), sacando a la luz la operación que realiza en la sombra, al hacer retomar de manera global, central y explícita la producción de la inteligencia colectiva, invirtiendo en la investigación de la ingeniería del vínculo social con el fin de equipar, lo más posible, a aquellos que modelan lo humano a manos limpias y con afecto. El día en que el nuevo proletariado esté consciente de sí mismo, decidirá suprimirse como clase, instaurará la socialización general de la educación, de la formación y de la producción de cualidades humanas. ¡Qué pena!, la tentación de particularizarse es grande (de defender lo que se considera su categoría) en lugar de singularizarse. Es más fácil (pero solo a corto plazo) tratar de seducir con imágenes arcaicas e identidades estables que segregar subjetividades dinámicas y cambiantes. El reflejo de crear redes surge con más rapidez que el esfuerzo por abrir espacios llanos a la circulación de los nuevos nómadas.

Entonces precisamente, en período de nomadismo antropológico, cuando se va de mundo en mundo (más que desplazarse por un territorio geográfico), la transmisión y la integración no pueden pasar ya únicamente por la línea familiar o la institución escolar. Cuando solo hay algunos conocimientos estables que transmitir en medio de una variación masiva y continua de los conocimientos pertinentes, la canalización de la transmisión –útil en otros tiempos- puede convertirse en un freno o incluso en un fatal nudo de estrangulamiento. A la desterritorialización de los flujos económicos, humanos e informacionales, al surgimiento de un nomadismo antropológico, se propone, pues, responder mediante una desterritorialización de la iniciación y de la propia humanización. Al servicio de la libertad, ¿no se requieren medios que refuercen la autonomía y aumenten el poder de los que se sirven de ella, más bien que habituarlos a la dependencia? Es por ello que la transmisión, la educación, la integración, el reordenamiento del vínculo social, deberán dejar de ser actividades separadas. Ellas deben cumplirse desde el conjunto de la sociedad hacia ella misma y potencialmente desde cualquier punto de un social que se mueva hacia cualquier otro, sin canalización previa, sin pasar por ningún órgano especializado. ¿Existen técnicas adecuadas para obtener este resultado? ¿Cuál es la ingeniería correspondiente a la economía en ascenso de las cualidades humanas?

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